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miércoles, 18 de marzo de 2009

Jack

Un perro callejero. Ese era Jack. Entraba y salía de la escuela cuando quería, pero siempre volvía porque allá tenía otros perros compañeros y porque sabía que los chavales le querían.


Su sexto sentido le hacía acercarse a los niños que tenían más problemas, y muchos le contaban sus cosas. Su sexto sentido también le alertaba de la comida sosa que a veces le ponía y que, todo digno, me despreciaba.

Cualquiera que entrara por la puerta de la escuela temía sus ladridos, los mismos ladridos que cuando los voluntarios nos íbamos a la casa de acogida con los chavales nos acompañaban hasta la puerta para guardarnos de otros perros callejeros desconocidos.

Hace tiempo que a Jack lo envenenaron, como a otros perros del barrio. El otro día, mientras me tomaba una cerveza con una amiga, me acordaba de él y de lo que me enseñó.

PD. En la foto, Jack chulea a otro perro desde la calle mientras Chiripa le hace de guardaespaldas.

viernes, 17 de octubre de 2008

Madres adolescentes

Mientras cenaba he visto en Cuatro un programa en el que madres adolescentes aprenden a cuidar mejor a sus bebés. Era el último capítulo, nunca antes lo había visto y al encontrármelo haciendo zapping lo he mirado con reticencia. Pero al final me ha enganchado y aquí estoy hablando de él.

Creo que me ha gustado porque se veía que las madres y los hijos avanzaban, que un pequeño paso como bañarlos solas o darles de comer cuando les toca se convertía en una cosa grande. Y realmente lo es.

La primera vez que fui a Ecuador a colaborar con una fundación local me alojé en la casa de acogida que la entidad tiene para madres adolescentes y niños y niñas en situación de riesgo. Allá vivíamos Jessica con su hijo, Verónica con su bebé, Miriam con sus tres hijos, mi amiga Eva y yo.


Desde el principio nos llevamos bien con los niños porque quizás era lo más fácil. El reto fue entenderlas a ellas. No me entraba en la cabeza, por ejemplo, que Miriam casi nunca tocara a sus hijos y que Jhonatan, el mayor, se tuviera que encargar de los pequeños.

Un día me dijo que no quería a Jhonatan. Miriam tenía 25 años, el chaval tenía 9 y sus hermanos pequeños 5 y 3. Se quedó embarazada del primero con 16 años, a causa de una violación.

Otro día, Verónica me contó que su primo abusó de ella y que tuvo a su hijo con apenas 15 años. Una tarde le pregunté por qué no jugaba con el niño y me respondió que ella no sabía jugar. 'Tienes que aprender con él. Él es pequeño y te necesita, no tiene la culpa', le dije. 'Yo tampoco la tengo', me contestó.


Ahora han pasado cinco años y en este tiempo muchos pequeños gestos se han convertido en grandes. Verónica aprendió a jugar con su hijo y hace dos años tuvo una nena. Por lo que sé, trabaja en casa de una señora y puede vivir allí con los pequeños.

Miriam ha aprendido a querer a Jhonatan, a preocuparse para que no vuelva a ser un niño de la calle, a relacionarse con sus hijos pequeños, ha tenido otra hija...

En la tele puede parecer que el proceso acaba en quince días. Pero no es así. Es largo y tiene avances y retrocesos. Y el de las chicas del programa no ha hecho más que empezar.

PD. Las fotos muestran la casa de acogida y el barrio.

domingo, 28 de septiembre de 2008

De la persona al proyecto

A Manuel lo vi por última vez hace un año y medio. La escuela acababa en unos días y yo debía ir a Quito para regresar a Barcelona. Manuel terminaba ese año la educación obligatoria; nos abrazamos para despedirnos y empezamos a llorar porque sabíamos que será difícil volvernos a encontrar.

A Manuel lo conocí hace cinco años, la primera vez que fui a Ecuador con la fundación Jóvenes para el Futuro, una entidad que tiene una escuela popular y que también acoge a menores en situación de riesgo, apoya a las familias del barrio y trabaja con comunidades indígenas.

Esta tarde, mientras leía algunas noticias sobre el referéndum de la nueva Constitución en Ecuador, me he acordado de Manuel, de cómo le gustaba enseñarnos frases en quichua y de sus caras raras cuando le contestaba en catalán. Me pregunto qué hará, si seguirá en Illagua o se habrá mudado a la ciudad con su familia para trabajar.

De quien sí sé algo es de Miguel. Hace unos meses encontré su teléfono en un papel arrugado de mi monedero y lo llamamos. Sigue estudiando en otro centro, aunque no sé si ha pasado o no el curso porque se rompió una pierna y dejó de ir a clase porque no podía pagar el transporte.

A las hermanas Nazareno les habíamos perdido la pista pero el año pasado, aunque no las vi, supe que habían vuelto a la ciudad y que las cuatro más pequeñas vivían con su madre en un barrio que daba miedo hasta a la trabajadora social. Esta semana he sabido que han vuelto a la escuela de la fundación y que la hermana mayor, que ya debe tener 18, vive en Quito y tiene un bebé.

Manuel, Miguel, Mádelin, Isabel, Renata... con todos he tenido un vínculo muy fuerte y han sido un motivo importante para volver más veces a Ecuador. La última vez que estuve, hace año y medio, pensaba precisamente en eso; ¿si los chavales han crecido y cada vez que vengo hay menos gente de la que conocía, por qué sigo viniendo con tantas ganas? ¿Por qué quiero volver?

Está claro. Porque las relaciones personales y los vínculos enganchan a uno a un proyecto y son importantes, pero si el proyecto es bueno y la gente que lo lleva lo vale, entonces quieres estar ahí para echar una mano en lo que puedas y, sobre todo, para observar y aprender.